Espionaje a pequeña escala

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-Tango, aquí Bravo. Tango responda.-

Las comunicaciones estaban perdidas. Estaba solo en aquel agujero oscuro. La base había perdido mis comunicaciones, y mi paradero, más que permanecer perdido, estaba a punto de convertirse en un pobre recuerdo. Aquel laberinto me helaba la sangre. El silencio se había apoderado de aquellos pasillos, y el crujir de la madera retorciéndose por el frío me rajaba la espalda como cuchillos helados.

Una vez asumido que la vuelta a casa sería complicada, sólo me quedaba una opción. Acabar aquello a lo que había venido a hacer. Tanteé todos los pasillos y habitaciones del lugar. Todo permanecía en calma. Ni un alma custodiaba esas puertas. Pero yo sabía que el tesoro sólo era custodiado por una. Un alma sin compasión, a la que tendría que cuidarse de no encontrarse.

Tras un rato buscando y removiendo, me di cuenta que sólo quedaba un sitio donde hallar el tan ansiado botín. De forma silenciosa, y arrastrándome por aquel frío suelo, me acerqué a la cama del general. El oficial dormía con la confianza de quien no espera a nadie en mucho tiempo. Busqué por los cajones y los armarios, removiendo todo lo que me encontraba a mi paso, con el cuidado de no cambiar nada de lugar. El tesoro no estaba allí. De pronto, el general hizo un ruido respirando, y comenzó a moverse, casi desperezándose. Casi por acto reflejo, me tiré al suelo, y rodé hasta meterme debajo de la cama. El general se volvió a dar la vuelta, y se quedo nuevamente dormido. Mi corazón se aceleró, y la respiración se me hizo más profunda. Cuando pude recomponer el aliento, me di cuenta lo que había a mi lado.

Su tamaño era considerable. Tenía el aspecto de una caja. Estaba envuelta con un papel de embalaje para ocultar su contenido. Intenté levantarlo, pero su peso era desmesurado, y pude oír algunas piezas que había sueltas. Con precisión quirúrgica, intenté despegar el envoltorio. En la caja vi el dibujo de unos planos, con formas cilíndricas, y lentes de aumento. El corazón se me encogió. Con estos materiales, sólo se podría construir una cosa. Eso significa que no saldría de aquel agujero en mucho tiempo si me encontraban allí. Volví a cerrarlo todo cuidadosamente, y me dispuse a salir por la puerta de la misma forma en la que entré. Rectando.

Al caer la tarde, el general se despertó, y me encontró inspeccionando los rincones de la casa. Al verme, una sonrisa apareció en su cara. Me llevó hasta la cocina y me ofreció un bocadillo. Cada bocado me sabía a gloria. Una gloria que no me iba a ser dada de forma gratuita.

-Bueno. ¿No tienes nada que decirme?

-No sé a que te refieres.- Contesté, con el semblante paralizado.

-Me vas a decir que no lo has estado buscando, ¿no?

-No, para nada. Por supuesto que lo estaba buscando. pero no lo he encontrado.- mentí.

El general comenzó a reír ante mi osadía. Mis piernas comenzaron a temblar. El bocadillo se quedó en la mesa, olvidado. El estómago se me había cerrado.

-No me extraña. Como que no está aquí, ya te lo dije. Puedes buscar lo que quieras, pero tendrás que esperarte al día 6, como todos los demás

-Pero mamá, si ya se que no son reales.

-Me da igual. Esa es la tradición en esta casa, y así va a seguir. 10 años no es edad para dejar de ilusionarte por estas cosas hijo.

-Está bien mamá… Me esperaré

-Ese es mi niño. Anda, termínate el bocadillo y ve a recoger tu cuarto.

Obedecí lo que me dijo el general mientras pensaba en la victoria en mi misión. La información pronto llegaría al cuartel. Para los reyes de este año me van a traer un telescopio. Que ganas tengo de ver la Luna con él.

La crema de calabacín

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Al despertar por la mañana, toco su lado de la cama. Está fría. Se ha vuelto a ir al trabajo sin despedirse. No es nada nuevo, incluso lo agradezco. Sus fríos labios sobre mi mejilla me hielan el corazón. Me levanto de la cama y me dirijo al baño. Al observarme en el espejo, me doy cuenta que todavía se nota el moratón en el ojo. Otro día de gafas de sol en un día nublado.

Desayuno deprisa, no puedo permitirme perder tiempo. Si no tengo todo lo de la casa hecho cuando llegue, seguro que habrá represalias. Limpio los cristales rotos del jarrón que rompió anoche. Después, los platos, limpiar el polvo, recoger todas las botellas de vino que se bebió al llegar del trabajo, lavar la ropa sucia, planchar la limpia, media hora frotando los restos de sangre de la alfombra, limpiar el baño y, finalmente, la compra. Odio hacer la compra. Siempre escojo la peor comida. Nunca le gusta nada de lo que compro. No me extraña. No sirvo para nada, mucho menos para algo tan importante como su alimentación. Y su trabajo de directivo en esa compañía tan importante precisa el tener una imagen perfecta. No se como puede seguir conmigo. Dice que me ama, que todo lo hace por mí, pero yo no hago mas que estropear las cosas. Nunca aprenderé. Tal vez si me golpease más fuerte…

Llego de la compra y lo coloco todo en el frigorífico. Hoy se me ha ocurrido hacerle de cena una parrillada de verduras, crema de calabacín y unas pechugas de pavo a la plancha con limón. Espero que le guste. También he comprado fresas y un bote de nata. Seguro que le hace ilusión la sorpresa. Estoy muy impaciente porque llegue, después de la discusión de anoche, necesitamos una cena para hacer las paces y pedirle perdón por mi comportamiento de ayer. No debí tirarle la copa de vino. Debo estar pendiente de lo que me pide siempre, y no ser tan torpe cuando tengo que preparar tantas cosas. Aunque a veces pierda el control, sé que es por mi bien. Pero no sé que me pasa, sigo cometiendo los mismos errores, aunque me castigue una y otra vez. Supongo que al ser tan idiota, jamás aprenderé. No comprendo como sigue conmigo. Desde luego, lo que siente es amor por mí. No hay otra explicación. Ojalá fuese capaz de demostrárselo también.

Son las 8. Debe estar saliendo del trabajo ahora. No voy a mandarle ningún mensaje. Siempre estoy agobiando preguntando por todo. Que si has salido ya, que cuanto le queda para llegar. No quiero que se enfade, así que mejor me voy a dar una ducha. Me pondré elegante. Siempre le ha gustado la elegancia. Es la parte mas sexy de una persona, como dice siempre.

Cuando he terminado de vestirme, se me ocurre empezar con la cena. Preparo todos los ingredientes pero… Oh no! se me ha olvidado comprar el calabacín. Bueno, puedo enviarle un mensaje para que lo compre. Deshecho esa idea de inmediato. Se daría cuenta que se me ha olvidado el ingrediente principal de la crema, y ya sé lo que eso significa. No quiero que se enfade de nuevo por mi estupidez. Decido ir corriendo a comprarlo y volver antes de que llegue.

Al salir a la calle, me doy cuenta que está lloviendo. Las 8:30. No me da tiempo si no voy ya. Voy corriendo hasta la tienda. Llego chorreando, compro un par… no, tres calabacines, y vuelvo a toda prisa a la casa. Al llegar, siento un enorme alivio. Aún no ha llegado. Lo corto todo, aún con la ropa empapada, y dejo que se vaya haciendo la crema a fuego lento mientras me doy otra ducha rápida y me cambio de ropa. Al salir, compruebo que todo está en orden. La crema está prácticamente hecha. Sólo queda poner las verduras a la plancha. Miro el reloj. Las 9:20. Debe estar al llegar. Abro una botella de su vino favorito y lo dejo que vaya oxigenándose

Pasa una hora. Dos horas. Tres. Son las 12:15 Cuando oigo su coche entrando en el garaje. La crema inevitablemente se ha enfriado, y las verduras cortadas se han quedado pochas. Cuando entra en la casa, el olor a ginebra inunda la sala. Deja su abrigo y su maletín en la percha de la entrada, y camina hasta el sofá tambaleándose. Le pregunto qué le pasa. Con la voz gangosa, se ríe y me dice que si no lo veo, que ha bebido. Se ha parado con los compañeros a tomar algo después del trabajo. Le digo que me podría haber avisado, para no preparar la cena. Su respuesta es simple. Una bofetada me cruza la cara. La culpa es mía por no haberle escrito para saber si venía a cenar. Permanezco en silencio. Lleva razón. He supuesto que iba a venir directamente a casa, y es viernes. Soy idiota.

Se echa una copa de vino, y tira medio sobre la mesa. Corro hasta la cocina a por un trapo para limpiarlo. Se ríe y me dice, te he enseñado muy bien, ¿verdad? Le sonrío. Le pregunto que si quiere cenar, y me contesta que si no veo la hora que es. Que ya ha cenado, que no pregunte estupideces. Me agarra del brazo y me lleva a la habitación. Me quita la ropa y me tira a la cama. Mi cuerpo empieza a temblar. No de excitación, sino de miedo. Al caer me doy cuenta que he dejado la ropa mojada de antes en el suelo. Se me ha olvidado quitarla de allí. Se sienta encima mía y comienza a besarme. Sus labios me embriagan, y se me olvida todo lo demás. Comienza a besarme por todo el cuerpo, mientras sujeta mis manos para inmovilizarme. Le gusta hacerlo así. Se levanta y se queda muy fija mirándome y me pregunta por el carmín que hay en mi cuello. P..p…pero, cariño, si el carmín es tuyo, me lo acabas de hacer tú, le digo. Su rostro de lujuria se transforma en ira, y me dice que es mentira, que el del cuello es de otro color. Le digo que eso es imposible, pero no me cree. Entonces ve la ropa mojada. Oh, así que has salido esta tarde, y has llegado chorreando, ¿Verdad?, me dice. Le digo que ha sido para comprar el calabacín, pero no me cree. Dice que he estado con otra. Yo le suplico que me crea, que no he salido en todo el día de casa. No me cree. Coge el cinturón de los pantalones mojados y se acerca a mí. Yo intento salir corriendo, pero es imposible. Me pasa el cinturón por el cuello y me tira al suelo. Comienza a golpearme con la hebilla por todo el cuerpo. Yo solo puedo acurrucarme mientras grito entre llantos su precioso nombre.

Sara. Sara. Sara…..

La Cuenta Atrás

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El día se hace noche, y en la linde entre el mundo y el país de los sueños, mis dedos dan cuerda al reloj que, un día más, reinicia la cuenta atrás de su propia vida.

El tintineo de los engranajes sangra en forma de segundos, mientras las manecillas van devorando el tiempo que la vida le va otorgando. Impasible, el dorado compañero se abraza a mi muñeca, aferrado al dueño de su alma, temeroso de que despunte el día, y su corazón se quede sin fuerzas.

Cada noche, en la linde entre la vigilia y el sueño, obra su labor el dueño, recargando la vida de su efímero compañero, el tiempo. Con cada vuelta, ronronea el esclavo por dentro, retorciéndosele las entrañas como las ascuas de un fuego intenso, para acabar aferrado, y a oscuras, esperando que su almo vuelva de su viaje de cuento, y que, al despuntar el alba por las montañas, sea el esclavo el que dirija al dueño, con la esperanza de que al llegar la noche, le devuelva el favor en forma de vida convertida en tiempo

Los 2 Patitos

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Dos patitos se adentran en el mar.

Dos patitos asustados

moviendo sus patas sin parar.

Uno de ellos se siente a salvo

pues lleva más tiempo navegando.

El otro, sin embargo, acaba de llegar

y apenas comienza su vida andando,

se lleva el primer golpe de una ola

y lo empuja a nadar.

Ambos patitos se encuentran

mojados y exhaustos, cansados de nadar.

El segundo le da conversación,

le pide consejo y pregunta sin parar,

mas el primero está frío

cortante y despegado,

pues sabe que dentro de un año,

el fuego de una vela lo separará de su lado,

y volverá a quedarse nadando,

con un nuevo acompañante

que sentirá todo como nuevo,

y, una vez más, les hará tropezar

con la misma piedra que le hace sangrar

y acabará discutiendo una vez más,

con un fiel compañero

que busca la tierra en un infinito mar.

El Trabajo

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Una última calada a aquel cigarro con sabor a mar y sangre. Recorro mis labios con la lengua y vuelvo a sentir el sabor salado del cigarro impregnado en ellos. Mis dedos, manchados de un rojo azabache, lanzan la colilla casi consumida por la ventana entreabierta del coche. Me seco el sudor con la manga, dejando mis mejillas marcadas como un guerrero apache. Mi cuerpo tiembla en convulsiones cada vez mas arrítmicas. Siento un calor asfixiante que me sube por el pecho hasta la garganta. En la radio, una canción de Bill Withers suena templando mis nervios. El sudor, que sale a borbotones, me ciega, mientras la cascada salada gotea por mi barbilla y me llena la boca. Escupo, pero la boca se me vuelve a llenar de mar. Sacudo la cabeza constantemente, intentando no perder la atención en la carretera, la cual apenas veo por culpa del sudor.

Sigo conduciendo. No se a dónde voy. Mucho menos de dónde vengo. Intento reconstruir la situación, pero todo es demasiado confuso. Todo iba según lo previsto, el trato estaba casi hecho, y, de repente, estaba con toda la ropa salpicada de sangre y metiendo a ese maldito cerdo en el maletero. Jamás me he llevado bien con ese puerco, pero no se merecía algo así. Nadie se merece una traición como esa, al fin y al cabo.

Frank sabe como tratar estas situaciones. Aclarar las cosas antes de actuar, por lo menos. Mierda! No he llamado a Frank. Cojo el teléfono, aún temblando, y busco el número. Comunica. Joder. Vuelvo a intentarlo. No hay señal. Tengo que pensar rápido que hago, o pronto me quedaré sin carretera por la que vagar. No puedo llevar al de atrás a un hospital, eso está clarísimo.

Decido girar en la próxima calle a la derecha, cuando veo una clínica veterinaria de guardia. Perfecto. Aparco justo delante y saco a ese mierda del maletero. El cabrón está seboso, y apenas puedo con él. Llamo a la puerta de la clínica y una chica joven con bata me abre la puerta. Sus ojos, de un azul intenso, me examinan a la vez que me embaucan. Me pregunta qué quiero. Ayuda, le digo. Me ayuda con el cuerpo seboso y lo ponemos en una mesa de operaciones. La chica no hace preguntas. Ve la situación y entiende que no hay tiempo. Me echa de la sala y me dice que espere, que todo saldrá bien.
Mientras espero, decido ir a limpiarme la sangre al lavabo. Me seco con unos papeles del retrete y salgo a fumarme un cigarro. La cajetilla de tabaco aún sigue manchada con la sangre de ese cabrón. El cigarro se consume de 2 caladas, y decido llamar a Frank.

Me lo coge. Menos mal. Le explico donde estoy, y que ya está todo solucionado. Por el auricular puedo oír el suspiro de desahogo de Frank. Me suplica que haga todo lo posible por mantenerlo con vida. Le digo que no hay problema, que saldrá de ésta. Le pregunto que qué piensa hacer con el que le hizo esto a Billy, a lo que responde que ya se están ocupando de él. Me despido de Frank repitiéndole que no se preocupe, y entro de nuevo en la clínica.

La chica, con la bata manchada de rojo, me dice que está estable, pero ha perdido mucha sangre. Necesita una transfusión. Le digo que no hay problema. Llamo de nuevo a Frank y me dice que no hay problema, que traen a la madre de Billy para la transfusión. Antes de colgar, me pide un favor. El que se iba a encargar del pavo que le había disparado a Billy no puede ir, y me pide que lo haga yo. Ya sabes lo que tienes que hacer, dice antes de colgar.
Me disculpo ante la chica, a la que le explico que van a venir unos amigos para el asunto de la transfusión, pero que tengo que irme a resolver unos asuntos. La chica me observa con cara de pavor. Le sonrío y le toco el hombro, mientras le digo que no se preocupe, que no voy a matar a nadie. Ella sin embargo, no está muy convencida. Le doy mi número por si surge alguna complicación, y me dirijo de nuevo al coche.

Tardo alrededor de una hora en llegar a la casa de aquel cabrón. Una finca a las afueras con unas tierras enormes. Decido dejar el coche alejado, para no ser visto. Saco de la guantera una navaja, me la meto en el bolsillo y salgo del coche. Salto la valla a tientas, y comienzo a andar campo a través para que no me vean desde la casa. Son las dos de la madrugada. La hora perfecta para no ser detectado. Me acerco por el costado del corral opuesto al de la casa. Agachado, entro en el corral. Enciendo mi mechero y comienzo a buscar por los compartimentos, hasta que la veo.

La rosada y sebosa cerda duerme plácidamente. Saco mi navaja, me monto encima y le rebano el cuello. Naturalmente, la cerda comienza a chillar. Vuelvo a hacerle otra incisión, y en cosa de segundos, la cerda calla, muerta.
Salgo de aquel lugar lo más rápido posible, y, al llegar al coche, llamo a Frank. Le explico que ya está hecho. Ese cabrón no volverá a vender cerdos de raza por la zona en una temporada. Frank comienza a reír y me da las gracias. Mañana cobraré, son sus últimas palabras.

De camino, mi teléfono comienza a sonar. Número desconocido. Lo descuelgo y por el auricular suena la voz de la veterinaria de ojos azules. Me comenta que el cerdo ha recibido la transfusión, y que en unos días podrá volver a montar hembras como de costumbre. Comienzo a reír. Aún no me creo que existan sementales de cerdos tan valorados como un caballo. La chica se alegra de que exista alguien como yo, me dice. Que se preocupe tanto por los animales, y me dice que si quiero tomar algo después de una noche tan larga, que sale en media hora. La recojo allí, le digo.
Al final, ese cerdo asqueroso de Billy me va a alegrar el día, después de todo. Pero tengo que dejar este trabajo como sea.

Seis almas acuciadas

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Lloran en silencio seis almas

por estar enamoradas.

Seis almas que callan

observándose cómo aman.

Jamás sus cuerpos se enredarán,

jamás entre ellas se podrán tocar.

Descansan en tensión

aguardando con gran tesón

el momento en que aparezca la pasión.

Viejas enamoradas de un antaño sombrío

se resguardan en su ataúd del oscuro frío.

Se hace la luz, y con ella llega el calor.

Las frías almas, se iluminan con estupor.

Cinco cuchillos rozan sus cuerpos,

y comienza a sonar el amor.

Amor sangrando a voces.

Gritos desconsolados, quebranto de los dioses

por seis almas que se dejan la vida entre roces.

Orgía de llanto, dolor y sangre

signos de quebranto, amor y hambre.

Al fin las almas se encuentran,

y entre ellas se hablan y cantan.

Acunadas por el tacto de los dedos,

se ayudan a superar sus miedos

formando una orgía de calor, silencio y gritos.

Narran historias de amor, odio y pena.

Sonidos de epopeyas, leyendas y mitos

que son transmitidos al corazón

inyectadas directamente en vena.

Frío Utópico

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Te encuentras sentado en una hamaca cómoda, bajo una gran sombrilla verde en una playa calurosa. Estás sentado bajo la fresca sombra de la sombrilla, y sientes la cabeza fría, así como la cara y el cuello. Notas una brisa marina que te acaricia cada centímetro de la cara, haciéndote cosquillas en las mejillas y la nariz.

Cada vez notas la cara más y más fría. Ese frío se va extendiendo cada vez más, enfriando el cuello, hasta dejarlo totalmente relajado y frío. Ese frío se extiende hasta tus hombros, que los sientes cada vez más y más fríos. Te cuesta mover  los hombros, debido a que están congelados. Están tan sumamente congelados que ni siquiera te esfuerzas en intentar moverlos. Notas como tu cabeza, cuello y hombros están totalmente congelados. No puedes moverlos, pero no te importa, el frío es relajante.

Poco a poco, el frío comienza a recorrer tu brazo derecho. Llega hasta tu codo, y de ahí continúa, lentamente, extendiéndose por tu antebrazo. Notas como llega hasta la muñeca, congelándose poco a poco. El frío comienza a avanzar, y sientes como los dedos se ponen cada vez más y más fríos hasta que quedan completamente congelados. No puedes mover tu brazo. Está totalmente congelado, igual que tu cabeza, tu cuello y todo el hombro derecho, hasta llegar a la punta de los dedos, que están totalmente inmóviles y fríos. Te quedas quieto, sintiendo el frío por todas esas partes, y disfrutas de la sensación.

Ahora, con tu mano izquierda, te tocas el hombro derecho, y notas como el hielo que lo rodea comienza a derretirse. Sientes el calor de tu mano irradiándose en tu hombro, que ya está totalmente descongelado, y comienzas a notar el calor en el hombro. el hielo de tu brazo comienza también a derretirse. Notas como el agua se escurre por tu codo, y como poco a poco, vuelves a sentir el brazo, y empiezas a notar tu antebrazo. Comienzas a mover la muñeca, y sientes el agua deslizándose por los dedos, que comienzas a mover suavemente, mientras el agua va derritiéndose poco a poco..

Separas tu mano izquierda del hombro, y te la pones, suavemente, sobre el hielo de tu cuello. Poco a poco, el hielo comienza a derretirse, y sobre tu mano, que sientes ardiendo, notas como el agua se escurre por entre los dedos, y poco a poco vuelves a notar el cuello calentarse. Ese calor se extiende, y notas como el hielo de la cara comienza a derretirse.  Notas como las gotas se van deslizando por tus mejillas hasta la barbilla, y de ahí comienza a caer.

Ya estás totalmente descongelado, y te sientes muy relajado y cálido. Disfrutas de la sensación de la brisa cálida del mar, y respiras profundamente, hasta llenarte de sabor a sal los pulmones. Expulsar el aire profundamente por la nariz, y de pronto oyes un sonido muy fuerte. Te das media vuelta y ves la pantalla del móvil iluminada. Sacas las manos del nórdico, y miras la hora. (09:00) Toca levantarse. Intentas recordar donde estabas, pero sólo se te viene una imagen a la cabeza. Una gran sombrilla verde sobre tu cabeza. Quizás mientras te preparas el café recuerdas algo más. Qué frío hace, piensas.

El País de los Sueños Rotos

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Y despuntó el día
en la oscura calma.
Se hizo espesa
la negra espera,
y las luces del firmamento
se escurrieron melancólicas
como lágrimas por el viento.

He vuelto del país de los sueños rotos,
donde los besos detienen el tiempo,
y los corazones avivan el fuego.
Donde los abrazos se funden en un cuerpo
y donde el amor, no se confunde con un juego.

He vuelto del país de los sueños rotos,
para dejar una gran maleta de barro.
Tan turbio era su contenido, que ni brilla.
Pude quedarme limpio y, por fortuna,
Me acerqué a la luna
Y con mis labios en un tarro
la besé en la mejilla.

Y despedirme del niño inocente
que comenzó a mirar de forma indecente
la vida que rodeaba sus cimientos.

Ahora se desquebrajan
podridos de falsedad,
cinismo e hipocresía.
Mi alma, de nadie ya se fía
No distingue mentira de verdad
Lo que es sueño, de la realidad
Sólo sabe que la vida consiste en vías
Con raíles que cruzan de aquí para allá
En los que no sabes cuáles hacen reír,
Ni cuáles llorar.

Inspiración a la desesperada

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El sol apareció nítido sobre la superficie del mar, inundando de luz toda la isla. Cuando apenas había comenzado a calentarme, la brisa se convirtió en un viento que calaba como cuchillos hasta los huesos. Mientras esperaba en el interior de la cueva al abrigo del fuego, un charco se formó bajo una de las grietas. En su reflejo, la figura de una cara deborada por un pelo esférico se miraba a si misma, donde la maraña de pelo y barba solo dejaba distinguir unos ojos cansados y una nariz quemada. Me vino a la mente la época en que llevé el pelo largo. Por si mismo cogía un aspecto afro. Era diferente, y me gustaba. Ahora, sin embargo, solo deseaba tener a mano unas tijeras y volver a ver mi rostro. Volver a ser yo.

Cuando la tormenta se fue, decidi bajar a la playa y conseguir algo de comida. Un palé embalado fue arrastrado por las olas hasta la orilla. La última vez que una caja apareció fue hace 5 años, cuando el avión en el que iba se estrelló en algún lugar del mar caribe, y el equipaje y los paquetes llegaron del mismo modo que yo. Unas vacaciones diferentes, que ya se están pasando de largas.
Abrí el embalaje del palé y solo encontré cajas. Diez cajas muy bien embaladas. Al abrirlas descubrí nada menos que botellas de vino. Decidí sacarlas de la orilla y llevarlas a la sombra de la selva. Proseguí con mi tarea y pesqué algunos pececillos. Mientras encendía el fuego en la arena, el calor se hizo presa de mi garganta, que se convirtió en una cueva seca y angustiosa. Las brasas comenzaron a cocinar la pesca, y yo abrí la segunda botella de aquel vino. Me senté a la sombra y comencé a observar aquel manto azul que me rodeaba. Después de tanto tiempo, no conseguí encontrar la forma de construir una barca. Las plantas de esta isla son pequeñas y de tronco pequeño. Nada con fuerza para soportar la deriva. Al final te acostumbras a no saber que va a pasar mañana, y los días se hacen cortos trabajando, y muy largas las noches de recuerdos lejanos, de un pasado del que te rendiste a creer que volvería.

Ya es de noche, y la cuarta…. no, la quinta botella de vino está por la mitad. A juzgar por el estado de la botella, la etiqueta y el extraordinario sabor de este elixir de los dioses, juraría que se trata de un vino muy escaso, y muy caro. No sé si será por el alcohol o por un arrebato de extraordinaria creatividad, pero puedo beberme las nueve cajas restantes y morir aquí solo, o puedo usarlas como billete de cambio hacia casa. Asi que, si has encontrado este mensaje, encuentra a alguien que entienda de vino, enséñale la botella junto con la etiqueta que he metido con la carta, y confirma que se trata de un tesoro. Si quieres venir a por ellas, detrás de la etiqueta está escrita mi dirección y mis datos personales. Allí te informarás de qué vuelo fue el que se estrelló. Puedo decir que es en alguna zona del mar caribe. Un gran fuego permanecerá encendido en la playa anunciando tu llegada. Por favor, venid a buscarme. Sigo aquí.

P.D: Prometo dejar al menos 8 cajas de vino. Debido a la larga espera de este medio de retransmisión, quizás sean siete.

Relato corto para juego de “El Rincón de la Tinta”

Cuando dejé de soñar

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Hace tiempo, dejé de soñar.
La realidad volvió a golpear,
Y las metáforas se perdieron
Entre nubes de tormenta
Donde antaño, la lluvia,
caía sin parar.

Aguaceros de fría soledad
Cuyas gotas ya no se ahogan
Mezcladas con las lágrimas
De una nefasta tempestad.

Cuando la luz no para de brillar
Y observas el mundo con claridad,
Cuando las canciones dejan de sonar
Y sus letras pierden ese sentido especial,
Cuando encontrar un lado frío de la cama
Es sinónimo de felicidad,
Y la rutina se transforma
En dejar las noches pasar

El corazón vuelve a latir
Pero esta vez está cerrado,
Le toca mucho que reconstruir
Y el lugar se declarará vedado