Archivos Mensuales: enero 2015

La Cuenta Atrás

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El día se hace noche, y en la linde entre el mundo y el país de los sueños, mis dedos dan cuerda al reloj que, un día más, reinicia la cuenta atrás de su propia vida.

El tintineo de los engranajes sangra en forma de segundos, mientras las manecillas van devorando el tiempo que la vida le va otorgando. Impasible, el dorado compañero se abraza a mi muñeca, aferrado al dueño de su alma, temeroso de que despunte el día, y su corazón se quede sin fuerzas.

Cada noche, en la linde entre la vigilia y el sueño, obra su labor el dueño, recargando la vida de su efímero compañero, el tiempo. Con cada vuelta, ronronea el esclavo por dentro, retorciéndosele las entrañas como las ascuas de un fuego intenso, para acabar aferrado, y a oscuras, esperando que su almo vuelva de su viaje de cuento, y que, al despuntar el alba por las montañas, sea el esclavo el que dirija al dueño, con la esperanza de que al llegar la noche, le devuelva el favor en forma de vida convertida en tiempo

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Los 2 Patitos

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Dos patitos se adentran en el mar.

Dos patitos asustados

moviendo sus patas sin parar.

Uno de ellos se siente a salvo

pues lleva más tiempo navegando.

El otro, sin embargo, acaba de llegar

y apenas comienza su vida andando,

se lleva el primer golpe de una ola

y lo empuja a nadar.

Ambos patitos se encuentran

mojados y exhaustos, cansados de nadar.

El segundo le da conversación,

le pide consejo y pregunta sin parar,

mas el primero está frío

cortante y despegado,

pues sabe que dentro de un año,

el fuego de una vela lo separará de su lado,

y volverá a quedarse nadando,

con un nuevo acompañante

que sentirá todo como nuevo,

y, una vez más, les hará tropezar

con la misma piedra que le hace sangrar

y acabará discutiendo una vez más,

con un fiel compañero

que busca la tierra en un infinito mar.

El Trabajo

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Una última calada a aquel cigarro con sabor a mar y sangre. Recorro mis labios con la lengua y vuelvo a sentir el sabor salado del cigarro impregnado en ellos. Mis dedos, manchados de un rojo azabache, lanzan la colilla casi consumida por la ventana entreabierta del coche. Me seco el sudor con la manga, dejando mis mejillas marcadas como un guerrero apache. Mi cuerpo tiembla en convulsiones cada vez mas arrítmicas. Siento un calor asfixiante que me sube por el pecho hasta la garganta. En la radio, una canción de Bill Withers suena templando mis nervios. El sudor, que sale a borbotones, me ciega, mientras la cascada salada gotea por mi barbilla y me llena la boca. Escupo, pero la boca se me vuelve a llenar de mar. Sacudo la cabeza constantemente, intentando no perder la atención en la carretera, la cual apenas veo por culpa del sudor.

Sigo conduciendo. No se a dónde voy. Mucho menos de dónde vengo. Intento reconstruir la situación, pero todo es demasiado confuso. Todo iba según lo previsto, el trato estaba casi hecho, y, de repente, estaba con toda la ropa salpicada de sangre y metiendo a ese maldito cerdo en el maletero. Jamás me he llevado bien con ese puerco, pero no se merecía algo así. Nadie se merece una traición como esa, al fin y al cabo.

Frank sabe como tratar estas situaciones. Aclarar las cosas antes de actuar, por lo menos. Mierda! No he llamado a Frank. Cojo el teléfono, aún temblando, y busco el número. Comunica. Joder. Vuelvo a intentarlo. No hay señal. Tengo que pensar rápido que hago, o pronto me quedaré sin carretera por la que vagar. No puedo llevar al de atrás a un hospital, eso está clarísimo.

Decido girar en la próxima calle a la derecha, cuando veo una clínica veterinaria de guardia. Perfecto. Aparco justo delante y saco a ese mierda del maletero. El cabrón está seboso, y apenas puedo con él. Llamo a la puerta de la clínica y una chica joven con bata me abre la puerta. Sus ojos, de un azul intenso, me examinan a la vez que me embaucan. Me pregunta qué quiero. Ayuda, le digo. Me ayuda con el cuerpo seboso y lo ponemos en una mesa de operaciones. La chica no hace preguntas. Ve la situación y entiende que no hay tiempo. Me echa de la sala y me dice que espere, que todo saldrá bien.
Mientras espero, decido ir a limpiarme la sangre al lavabo. Me seco con unos papeles del retrete y salgo a fumarme un cigarro. La cajetilla de tabaco aún sigue manchada con la sangre de ese cabrón. El cigarro se consume de 2 caladas, y decido llamar a Frank.

Me lo coge. Menos mal. Le explico donde estoy, y que ya está todo solucionado. Por el auricular puedo oír el suspiro de desahogo de Frank. Me suplica que haga todo lo posible por mantenerlo con vida. Le digo que no hay problema, que saldrá de ésta. Le pregunto que qué piensa hacer con el que le hizo esto a Billy, a lo que responde que ya se están ocupando de él. Me despido de Frank repitiéndole que no se preocupe, y entro de nuevo en la clínica.

La chica, con la bata manchada de rojo, me dice que está estable, pero ha perdido mucha sangre. Necesita una transfusión. Le digo que no hay problema. Llamo de nuevo a Frank y me dice que no hay problema, que traen a la madre de Billy para la transfusión. Antes de colgar, me pide un favor. El que se iba a encargar del pavo que le había disparado a Billy no puede ir, y me pide que lo haga yo. Ya sabes lo que tienes que hacer, dice antes de colgar.
Me disculpo ante la chica, a la que le explico que van a venir unos amigos para el asunto de la transfusión, pero que tengo que irme a resolver unos asuntos. La chica me observa con cara de pavor. Le sonrío y le toco el hombro, mientras le digo que no se preocupe, que no voy a matar a nadie. Ella sin embargo, no está muy convencida. Le doy mi número por si surge alguna complicación, y me dirijo de nuevo al coche.

Tardo alrededor de una hora en llegar a la casa de aquel cabrón. Una finca a las afueras con unas tierras enormes. Decido dejar el coche alejado, para no ser visto. Saco de la guantera una navaja, me la meto en el bolsillo y salgo del coche. Salto la valla a tientas, y comienzo a andar campo a través para que no me vean desde la casa. Son las dos de la madrugada. La hora perfecta para no ser detectado. Me acerco por el costado del corral opuesto al de la casa. Agachado, entro en el corral. Enciendo mi mechero y comienzo a buscar por los compartimentos, hasta que la veo.

La rosada y sebosa cerda duerme plácidamente. Saco mi navaja, me monto encima y le rebano el cuello. Naturalmente, la cerda comienza a chillar. Vuelvo a hacerle otra incisión, y en cosa de segundos, la cerda calla, muerta.
Salgo de aquel lugar lo más rápido posible, y, al llegar al coche, llamo a Frank. Le explico que ya está hecho. Ese cabrón no volverá a vender cerdos de raza por la zona en una temporada. Frank comienza a reír y me da las gracias. Mañana cobraré, son sus últimas palabras.

De camino, mi teléfono comienza a sonar. Número desconocido. Lo descuelgo y por el auricular suena la voz de la veterinaria de ojos azules. Me comenta que el cerdo ha recibido la transfusión, y que en unos días podrá volver a montar hembras como de costumbre. Comienzo a reír. Aún no me creo que existan sementales de cerdos tan valorados como un caballo. La chica se alegra de que exista alguien como yo, me dice. Que se preocupe tanto por los animales, y me dice que si quiero tomar algo después de una noche tan larga, que sale en media hora. La recojo allí, le digo.
Al final, ese cerdo asqueroso de Billy me va a alegrar el día, después de todo. Pero tengo que dejar este trabajo como sea.